«First Dates», con Carlos Sobera al frente, prosigue empeñándose en su labor de eliminar la soltería en España. Labor bastante difícil la suya, mas no es esa razón paa capitular. Por el plató de 4 han pasado los personajes más excéntricos que uno pueda imaginarse, y no pocos de ellos se han ido del programa acompañados. Ninguna misión es imposible.

Estrenó la noche David, un madrileño de cuarenta y tres años que afirmó que «el amor es la mayor energía que existe en el universo». El madrileño vive dando terapias en empresas con cuencos tibetanos: «La meditación me aporta estabilidad, me ayuda a deshacerme de la educación de mis progenitores para edificar una educación que me guste a mi». Su compañera era Cristina, una ibicenca de treinta y cinco años que trabaja en una inmobiliaria y afirma estar «enamorada de India desde la primera vez que fui. Toda vez que tengo dinero y vacaciones me marcho a India, no voy a otros destinos». Ella aseguró ser «muy punki de corazón, mas no hay que ser radical en la vida y hay que abrir la mirada».

A primer aspecto los 2 estuvieron satisfechos, en especial David, que reconoció que Cristina es «muy agradable de ver». A ella le agradó mucho que David se dedicara a las terapias orientales y que estuviera interesado en la espiritualidad india. Una gran parte de la charla versó sobre su vida espiritual y su forma de ver el amor. El resultado estaba cantado, y Cristina y David se fueron de «First Dates» de la mano.

Bastanta más joven era Ana María, una quiromasajista gaditana con sillones de masaje de dieciocho que se presentó diciendo que «lo esencial es que me chifla presumir: siempre y en toda circunstancia estoy maquillada, con la ropa bonita…Además soy superfanática de Maluma, que es perfecto, y soy asociada de su club de fanes. Y en lo privado, soy una chavala explosiva y juguetona». Su pareja sería Jaime, un adiestrador personal de veinte años que afirma ser «muy chisposo y juerguista, y en el momento en que me agrada una muchacha voy a por ella».

Ya antes de verse las caras, Sobera tumbó a Jaime en una cama a fin de que Ana María le diera un masaje. «Creo que la muchacha que me hizo el masaje en sillones masajeadores es baja, delgadita y creo que me va a gustar», comentó Jaime. Sin embargo, cuando se dio la vuelta descubrió que era «todo lo contrario de lo que me he imaginado, mas me chifla conocer a la persona primero ya antes que juzgar». Cuando se sentaron a cenar ya se percataron de que había cierta armonía entre ellos, mas más por el lado de que que el de él. Cuando llegó el instante de la resolución terminante, afirmó que deseaba tener una segunda cita con él pues «es muy guapo». La contestación de él dejó a Ana descolocada: «Si estuviese en un averno y tuviese una botella de agua me la tomaría. Es que soy muy chisposo, y me ha faltado chispa por tu parte. Como soy muy simpático, puede que te has confundido de ahí que y creíste que me gustabas». Ella se levantó contrariada y le dijo: «Eres un capullo, ¡anda y que te den!».

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